Tenía miedo a las agujas, así que decidí donar sangre.

Los miedos nos limitan, nos arrebatan las oportunidades, nos hacen más débiles; pero si nosotros somos capaces de crecer ante ellos; de superar aquello que nos supera, entonces esos miedos nos habrán sido útiles, puesto que nos habrán enseñado a ser más fuertes.

Yo durante toda mi vida he tenido miedo a los análisis de sangre. Cada vez que me mandaban uno, me pasaba nerviosa desde que me lo anunciaban hasta que me lo hacía; y, finalmente, el momento de hacérmelo era siempre una odisea: llantos, ansiedad,…

Un día decidí que esto no podía seguir siendo así, que este pánico cegador no podía seguir limitándome, incordiándome, cada vez que necesitara hacerme una intervención médica por el bien de mi salud, que al fin y al cabo, es lo más importante que tenemos.

Es por eso que decidí donar sangre.

Decidí que estaría haciendo el bien por alguien que lo necesitaba, y de esta manera me ayudaría a mi misma a superar aquello que me superaba. Me armé de valor, y gracias al familiar ambiente de la sala de extracciones, y a la cordialidad de las enfermeras, pude afrontar aquello que llevaba horrorizándome toda la vida.

De esta manera, me gustaría hacer entender que los miedos son historias que nosotros mismos decidimos montar en nuestra cabeza, y que no sirven de otra cosa que para hacernos daño, y limitarnos a experimentar distintas experiencias.

Por lo tanto, si tienes un miedo AFRÓNTALO, MÍRALE A LOS OJOS, y dile “YA NO TE TEMO”, “YA NO VAS A SEGUIR CONDICIONANDO MI VIDA PORQUE YO SOY MÁS FUERTE QUE TÚ, YO DECIDO SOBRE MI DESTINO, Y TÚ YA NO SIGUES EN ÉL”.

Sé más fuerte que tus miedos, y convertirás un lastre en una virtud.

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La identidad.

La identidad es algo de lo que siempre se ha hablado. Siempre se ha reivindicado la importancia de afirmar y destacar la propia identidad personal, y así proclamar quiénes somos, y establecer que es esa persona la que queremos ser, y que así será.

Pero, ¿Hasta qué punto el orgullo por la propia identidad nos realza el ego, anulando del todo nuestra humildad?

Es un error, humano pero error, creer que es siempre el propio ego aquel por encima del de los demás. ¿Qué clase de identidad es esa que no se interesa por enriquecerse de la de los demás?…

Escuchar, pensar, actuar.

Es una mente flexible lo que hace a una identidad más interesante. Y, aunque parezca paradójico, un ego abierto a los demás, que valore los otros, que los precie, simplemente, que los escuche; ese ego será más valorado, preciado, y escuchado, que el que por sí mismo, individualmente, y únicamente apoyado por su propio orgullo, tenga la intención de proclamarse ganador.

¿Qué relación o amistad es esa en la que uno sólo se escuche y valore a sí mismo? No es otra que una relación unipersonal.

Escuchar nos hace ser escuchados. Escuchar nos hace enriquecer nuestros argumentos, nos hace construirlos sobre una base sólida, sin que ésta se desmorone, y que no se vea debilitada por la venda que tenemos en los ojos, y que sólo nos permite mirar hacia dentro.

¿Quién dijo que querer tenía que significar obsesión?

Enamorarse está sobrevalorado.

Mientras que el enamoramiento es una fase de obsesión hacia una persona, hacia todo lo que hace, dice o piensa, sin ver mas allá, y creyendo que con sólo ese vínculo entre dos podemos explotar de nosotros toda felicidad posible; querer es apreciar, aceptar, sentirse feliz con ese vínculo, pero saber que tu felicidad no depende de éste; saber que puedes querer más cosas y personas en el mundo, y que la combinación de todas ellas es lo que te hará realmente feliz.

Enamorarse está sobrevalorado.

¿Para qué queremos volvernos ciegos por esa venda que nos pone el amor? Podemos querer y cuidar todos los desperfectos de la persona a la que queremos sin necesidad de volvernos sumisos a ellos.

Para qué necesitar pudiendo gustar, para qué depender pudiendo elegir?

Para qué enamorarse pudiendo querer?

El mundo

“No te vayas a creer lo que te cuentan del mundo, ni si quiera esto que te estoy contando, ya te dije que el mundo es incontable…”   Mario Benedetti.

Somos tan solo un pequeño punto en este inmenso planeta que nos queda por explorar, tantas tierras desconocidas, inundadas de profundos colores que podemos incluso saborear; tantas personas fascinantes con relatos tan impactantes que escuchar, comprendiendo así, que ese concepto que teníamos del mundo no era necesariamente certero…

Son tantos los países, las culturas; los sentimientos fuertes y débiles, satisfactorios o dolorosos, llenos de amor,… Tantos gestos que comprender, como tantas manos de las que entender el significado de las caricias con las que nos hablan,… Tantos placeres; tantos sabores, texturas, olores,…

Es tanto, que dime, tú si lo sabes, cómo cuentas eso; y hasta que así sea, hasta que seas capaz de hacerme sentir eso que me cuentas, hasta que consigas erizarme los pelos como lo haría el vivir aquellas sensaciones que con, incluso, las más bellas palabras me describes; hasta entonces, seguiré diciendo, que el mundo es un gran desconocido que nos pide, día a día, dejar de serlo.

Serenidad

Simplemente eso, cerró los ojos y soñó despierta, como un escritor que se evade a tierras lejanas para olvidar la realidad que en vida se le presenta.

Cerró los ojos y digirió sus amarguras con una imagen mental del cielo, que de color ya no tan celeste, se tiñe del aroma rojizo de las nubes que anuncian que el anochecer está por llegar.

Y los reflejos cristalinos de esta escena en la que un color invade a otro, con tal suavidad y naturalidad como resultado de la dulce aceptación de su sino, por parte del color azul; esos reflejos ondean en el mar sereno, que trata de imitar en sus aguas la rutinaria escena que comienza donde él mismo acaba.

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No somos tan distintos…

¡Hola a todos y bienvenidos a mi blog!

Mi primera entrada en el blog voy a dedicársela a un libro que estoy leyendo ahora mismo y que con tan sólo unas 90 y pico páginas que llevo leídas, me está conquistando.

Es justo reconocer, que esta opinión no es del todo objetiva por dos motivos. Para empezar, es el libro favorito de mi madre, por quien siempre me dejo recomendar obras literarias, debido al parecido gusto que tenemos para ellas; y en segundo lugar, por su autor, Antonio Gala, quien ya me conquistó en su libro La pasión turca, una apasionada novela sobre una mujer que lucha contra lo establecido, y que se ambienta nada más y nada menos que en la Turquía de los años 90.

Es así, como me he vuelto a dejar caer en las redes del poético estilo literario que tiene Antonio Gala para hacer de la anécdota más común un relato maravilloso, en su novela El manuscrito carmesí, que relata la historia, en primera persona, del último sultán del reino de Granada.

Hoy he leído un capítulo que me ha llamado en especial la atención por la manera tan sencilla de hacer ver cómo las distintas religiones son una mera manera de clasificar a las personas, que de una u otra forma buscan cierto cobijo espiritual.

Boabdil, el protagonista, y último sultán de Granada, nos habla de su tío, Yusef, por el cual siente un cariño especial, así como por su mujer, una cristiana que se “convierte” al islam para poder llevar ese amor adelante.

Es curioso cómo en el libro se refleja [ya que Granada era un Reino en el cual convivían cristianos, judíos y musulmanes] que el único cambio que hay de una persona a otra, de distintas religiones, son las doctrinas o prohibiciones que su religión les impone.

En cambio, la esencia más pura del ser humano, las pasiones, los miedos, las ambiciones,… quedan impermutables en todos los humanos, sea cual sea su religión.

Y de hecho, aquello que separa a estas personas, con distintas creencias, es aquello que los asemeja: su búsqueda espiritual. La búsqueda de una religión con la que sensibilizarse y en la que apoyarse para aquellos temas que no logran comprender o soportar de sí mismos, la búsqueda de respuestas, tan presente a lo largo de la historia de la humanidad, que ha sido solventada, según la situación de las distintas sociedades en el tiempo, [y me atrevería a decir, que también condicionada por su situación geográfica] de distinta, pero al mismo tiempo, semejante manera.

Con este primer post me gustaría denunciar, de alguna manera, las fronteras religiosas que nos imponemos día a día, y que nos abordan de prejuicios, robándonos toda empatía que, en cambio, sí somos capaces de sentir por otra persona que, digamos, sí esté “encasillada en nuestra categoría”.

Me gustaría que cuando te mires al espejo te imagines con unas creencias espirituales distintas a las que tienes en la actualidad y observes que el cambio no es ninguno, que sigues sintiendo los mismos miedos y las mismas pasiones.

Y precisamente, esas son las dos principales fuerzas que llevan moviendo al ser humano a lo largo de la historia de la humanidad…

Prayer